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"Crónicas Marcianas" de Ray Bradbury 






NOVIEMBRE DE 2005
La tienda de equipajes
Cuando aquella noche el dueño de la tienda de equipajes escuchó la noticia, transmitida directamente desde la Tierra en una onda de luz- sonido, le pareció algo muy remoto. Una guerra iba a estallar en la Tierra. El dueño de la tienda de equipajes se asomó a la puerta y miró el cielo. Sí, allá estaba la Tierra, en el cielo nocturno, descendiendo como el sol detrás de las colinas. Las palabras de la radio y aquella estrella verde eran lo mismo.
-No lo creo -dijo el dueño de la tienda.
-Porque usted no está allá -dijo el padre Peregrine, que se había detenido para entretener la velada.
-¿Qué quiere decir, padre?
-En mi infancia era lo mismo -explicó el padre Peregrine-. Nos decían que había estallado una guerra en China y no lo creíamos. China estaba demasiado lejos. Y moría demasiada gente. Imposible. No lo creíamos ni al ver las películas. Bueno, así es ahora. La Tierra es China. Está tan lejos que parece irreal. No está aquí. No se puede tocar. No se puede ver. Es sólo una luz verde. ¿En esa luz viven dos billones de personas? ¡Increíble! ¿Una guerra! No oímos las explosiones.
-Ya las oiremos -dijo el dueño de la tienda---. No puedo olvidarme de todos los que iban a venir a Marte en esta semana. ¿Cuántos eran? Unos cien mil en un mes, más o menos. ¿Qué hará esa gente si estalla la guerra?
-Supongo que volverán. Los necesitarán en la Tierra.
-Bueno -dijo el dueño-. Será mejor que sacuda el polvo de las maletas. Sospecho que en cualquier momento habrá aquí un tropel de clientes.
-¿Cree usted que si es ésta la Gran Guerra de la que tanto se ha hablado las gentes de Marte volverán a la Tierra? 
-Es curioso, padre; pero sí, creo que volverán, todos. Ya sé que hemos venido huyendo de muchas cosas: la política, la bomba atómica, la guerra, los grupos de presión, los prejuicios, las leyes; ya lo sé. Pero nuestro hogar está aún allá abajo. Espere y verá. Cuando la primera bomba atómica caiga en los Estados Unidos, la gente de aquí arriba comenzará a pensar. No han vivido aquí bastante tiempo. No más de un par de años. Si hubieran pasado aquí cuarenta años, todo sería distinto; pero allá abajo están sus parientes, y los pueblos donde nacieron. Yo ya no puedo creer en la Tierra; apenas puedo imaginármela. Pero yo soy viejo. No cuento. Podría quedarme aquí.
-Lo dudo.
-Sí, tiene usted razón.
De pie, en el porche, contemplaron las estrellas. Al fin el padre Peregrine sacó algún dinero del bolsillo y se lo dio al propietario.
-Ahora que lo pienso, mejor que me dé una maleta nueva. La que tengo está muy estropeada...

Ray Bradbury, Crónicas Marcianas, 1950


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